A vuestros cuerpos dispersos, Philip José Farmer, 1971
Empieza de lujo. Apunta alto. Pero me pierdo en el Mundo-Río y no me acaba
La novela me ha dejado sensaciones mixtas, como un viaje sorprendente cuyo paisaje deslumbra más que el propio acontecer. Lo que más me ha atrapado es el novum: la imagen potentísima de esa resurrección simultánea de todos los seres humanos que han vivido desde el origen de los tiempos, unos 36.000 millones según el autor, cifra modesta si se compara con los 100.000 millones “como estrellas en la Vía Láctea” que sugería Arthur C. Clarke.
Esa alucinante dispersión de cuerpos esparcidos a lo largo de un escenario-mundo vasto y misterioso — país de Kemit, nuevo Nilo histórico de quince millones de kilómetros y curso sinuoso cual serpiente que no revela ni cabeza ni cola— es, para mí, lo más sugestivo de la novela, especialmente en sus primeros capítulos.
"Habían viajado treinta y seis mil tres cientos cincuenta kilómetros. En la Tierra, esta distancia habría sido casi una circunvalación del ecuador. Si los ríos Mississippi-Missouri, Nilo, Congo, Amazonas, Yanhg-Tsé, Volga, Amur, Huang, Lena y Zambesi hubieran sido puestos uno tras otro para formar un único gran río, aún no hubieran logrado ser tan largos como la extensión del Río que habían recorrido. Y no obstante, el Río seguía y seguía más allá, haciendo grandes meandros, serpenteando hacia adelante y hacia atrás. Y por todas partes había las llanuras a lo largo del Río, detrás de las colinas de árboles y, altísimas, infranqueables, continuas, las montañas"
Babel se extiende a lado y lado de las aguas, hasta donde alcanza la vista.
Sin embargo, a mi modo de ver, el enorme potencial de la premisa naufraga en una trama aventurera que, pese al oficio y cierto aroma pulp, avanza sin la mínima hondura que el planteamiento inicial parecía sugerir. La narración hilvana una sucesión de personajes y relaciones poco sustanciales que, en mi opinión, desaprovechan las posibilidades casi infinitas del escenario. Más allá del magnético protagonista —el polifacético y victoriano R. F. Burton, aquí revivido y convertido en el patrullero 777 a modo de observador-participante—, el elenco resulta insulso por momentos. Una ocasión perdida: figuras como el reinterpretado Hermann Göring podrían haber negociado de manera mucho menos estereotipada con su pasado, sus culpas y sus hábitos morales. Son vidas pequeñas que, en un escenario inmenso, habrían podido brillar con mayor autenticidad.
Aún así, como amante de la historia universal, la novela me ha resultado especialmente estimulante, pues convierte a toda la humanidad en objeto de un experimento colosal dirigido por los enigmáticos Éticos, una suerte de Dark City a escala absoluta donde cada individuo y colectivo del pasado debe gestionar por sí mismo las posibilidades de trascender a la muerte y revivir. Ese planteamiento transforma el Mundo del Río en un espectacular laboratorio narrativo donde la naturaleza humana y la dimensión histórico-cultural pueden ser observadas desde múltiples lentes historiográficas sin las ataduras del ensayo académico.
Por mi bagaje hago breves apuntes: en el Mundo-Río los resucitados, sin estructuras previas que los sostengan, reproducen de inmediato hábitos heredados, dejando que la mentalidad colectiva, como un sedimento invisible, reorganice la sociedad (historia social y de las mentalidades). Sorprende ver que la igualdad formal no basta: surgen jerarquías y dominación, recordando que el conflicto humano es la rima inevitable de la historia según diría Mark Twain (materialismo/marxismo). Así, Burton encarna impulsos imperiales que el Mundo-Río reescribe bajo nuevas reglas (perspectiva neocolonial), mientras que los relatos se multiplican y se superponen, mostrando la necesidad humana de marcos narrativos que ordenen el caos existencial (enfoque posmoderno). Por último, de manera excitante, culturas, épocas y biografías que jamás coincidieron se encuentran, chocan y se mezclan, en un torbellino de fricciones y mestizajes, en una globalización imposible que hace palidecer la actual y nos invita a repensar la contingencia de nuestro pasado y presente (historia global).
