Baste saber que las derivas se habían iniciado tiempo atrás. Lentamente, la acumulación de datos, situaciones y circunstancias habían generado una serie de rápidos desplazamientos sin rumbo fijo. Continuidad y discontinuidad en las
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lunes, 17 de noviembre de 2025

A vuestros cuerpos dispersos

A vuestros cuerpos dispersos, Philip José Farmer, 1971 

Empieza de lujo. Apunta alto. Pero me pierdo en el Mundo-Río y no me acaba

La novela me ha dejado sensaciones mixtas, como un viaje sorprendente cuyo paisaje deslumbra más que el propio acontecer. Lo que más me ha atrapado es el novum: la imagen potentísima de esa resurrección simultánea de todos los seres humanos que han vivido desde el origen de los tiempos, unos 36.000 millones según el autor, cifra modesta si se compara con los 100.000 millones “como estrellas en la Vía Láctea” que sugería Arthur C. Clarke.

Esa alucinante dispersión de cuerpos esparcidos a lo largo de un escenario-mundo vasto y misterioso — país de Kemit, nuevo Nilo histórico de quince millones de kilómetros y curso sinuoso cual serpiente que no revela ni cabeza ni cola— es, para mí, lo más sugestivo de la novela, especialmente en sus primeros capítulos.

"Habían viajado treinta y seis mil tres cientos cincuenta kilómetros. En la Tierra, esta distancia habría sido casi una circunvalación del ecuador. Si los ríos Mississippi-Missouri, Nilo, Congo, Amazonas, Yanhg-Tsé, Volga, Amur, Huang, Lena y Zambesi hubieran sido puestos uno tras otro para formar un único gran río, aún no hubieran logrado ser tan largos como la extensión del Río que habían recorrido. Y no obstante, el Río seguía y seguía más allá, haciendo grandes meandros, serpenteando hacia adelante y hacia atrás. Y por todas partes había las llanuras a lo largo del Río, detrás de las colinas de árboles y, altísimas, infranqueables, continuas, las montañas"




Babel se extiende a lado y lado de las aguas, hasta donde alcanza la vista.

Bajo el nuevo cielo encuentros inimaginados a milenios de distancia.

A cada requiebro del río, tras cada colina, intercambios inverosímiles.


Sin embargo, a mi modo de ver, el enorme potencial de la premisa naufraga en una trama aventurera que, pese al oficio y cierto aroma pulp, avanza sin la mínima hondura que el planteamiento inicial parecía sugerir. La narración hilvana una sucesión de personajes y relaciones poco sustanciales que, en mi opinión, desaprovechan las posibilidades casi infinitas del escenario. Más allá del magnético protagonista —el polifacético y victoriano R. F. Burton, aquí revivido y convertido en el patrullero 777 a modo de observador-participante—, el elenco resulta insulso por momentos. Una ocasión perdida: figuras como el reinterpretado Hermann Göring podrían haber negociado de manera mucho menos estereotipada con su pasado, sus culpas y sus hábitos morales. Son vidas pequeñas que, en un escenario inmenso, habrían podido brillar con mayor autenticidad.

Aún así, como amante de la historia universal, la novela me ha resultado especialmente estimulante, pues convierte a toda la humanidad en objeto de un experimento colosal dirigido por los enigmáticos Éticos, una suerte de Dark City a escala absoluta donde cada individuo y colectivo del pasado debe gestionar por sí mismo las posibilidades de trascender a la muerte y revivir. Ese planteamiento transforma el Mundo del Río en un espectacular laboratorio narrativo donde la naturaleza humana y la dimensión histórico-cultural pueden ser observadas desde múltiples lentes historiográficas sin las ataduras del ensayo académico. 

Por mi bagaje hago breves apuntes: en el Mundo-Río los resucitados, sin estructuras previas que los sostengan, reproducen de inmediato hábitos heredados, dejando que la mentalidad colectiva, como un sedimento invisible, reorganice la sociedad (historia social y de las mentalidades). Sorprende ver que la igualdad formal no basta: surgen jerarquías y dominación, recordando que el conflicto humano es la rima inevitable de la historia según diría Mark Twain (materialismo/marxismo). Así, Burton encarna impulsos imperiales que el Mundo-Río reescribe bajo nuevas reglas (perspectiva neocolonial), mientras que los relatos se multiplican y se superponen, mostrando la necesidad humana de marcos narrativos que ordenen el caos existencial (enfoque posmoderno). Por último, de manera excitante, culturas, épocas y biografías que jamás coincidieron se encuentran, chocan y se mezclan, en un torbellino de fricciones y mestizajes, en una globalización imposible que hace palidecer la actual y nos invita a repensar la contingencia de nuestro pasado y presente (historia global).

En conjunto, A vuestros cuerpos dispersos me ha parecido más brillante en su planteamiento que en su ejecución, más rico en provocación intelectual que en solvencia literaria. Una obra irregular pero fértil, que abre muchas más puertas de las que se acierta a cruzar, y que sigue invitando a pensar incluso cuando su mecanismo narrativo y el “to be continued” no me han convencido. Y ciertamente, las críticas no invitan a seguir la saga.

jueves, 17 de octubre de 2019

Elegía antigua y actual


En la ilustración vemos al famoso estudioso británico  Austen H. Layard, impulsor de la asiriología como disciplina arqueológica gracias a sus campañas de 1845-47 y 1853 en el cerro de Tell Kuyunjik. Dibuja concentrado, sentado ante los vestigios de la antigua ciudad de Nínive, una de las urbes fundamentales del mundo antiguo. Hoy sabemos que nos legó una verdadera joya, sus publicaciones: Niniveh and its Remains (1849) y Discoveries in the Ruins of Nineveh and Babylon (1853).

En estos días de octubre me invade la nostalgia tutorial, ausencia de mis tardes de Historia Antigua en el grado de Historia del Arte en Sant Boi y Nou Barris, que atrás quedaron cinco inolvidables cursos académicos. Al margen de su poder evocador y de su potencial historiográfico, el imaginario de la Antigüedad me interpela en estos momentos trepidantes ente el rabioso presente político que nos envuelve aquí en SB-BCN-CAT-ESP-EUR. Y pienso en la destrucción sistemática de las ruinas de Nínive a manos del Daesh, nada nuevo hay bajo el sol, que mi nostalgia y rabia presente es muy antigua. Como la tristeza ante la pérdida y la voluntad de retorno a las desaparecidas avenidas eblaítas, babilónicas, amarnienses, atenienses, romanas... incluso barcelonesas.

Nuevamente perdimos la Mesopotamia... Atrás volvieron a quedar sus maravillosas escenas, sus piedras y adobes de reseca forma, sus frescas oquedades en lo oscuro, junto al nicho repleto de aguerridas forjas herrumbrosas. Contemplando el templo caído, la translúcida copa, el vergel real perdido. Dibujando la derruida ciudad milenaria que fue y se venció en el correr impasible de los milenios. Solo queda el resto, testimonio de pasadas humanidades. Guardando silencio puedo apreciar el tenue eco, que nos habla de efímeras esperanzas, de antiguos fervores y de viejas violencias que parecían bien sepultadas. En este otoño incipiente, cual hijo de Sem en el olvido, en esta hora, más que nunca te extraño y te temo por igual, oh mi desgastada tierra entre dos ríos.

viernes, 19 de abril de 2019

Graná


Trajimos las de Antequera para regresar a la última frontera del Al Ándalus, donde los Montes Occidentales del Poniente granaíno estriban en bajas lomas béticas, antaño camino de huestes hoy ordenado en olivares que faldean la Sierra de Parapanda. Allí hicimos alto frente a la puerta del que fuera hogar alomarteño de los Montañez-Martín.



"...el camino que apareció ante mis ojos pasada ya la puerta de las Granadas se me supuso un bosque encantado. Su espesura y la frondosidad de los castaños, los álamos y las acacias convertían el lugar en un plácido remanso. Los pájaros cantaban confundidos intentando volar hacia los haces de luz que se filtraban entre las hojas de los árboles. De los tres caminos que se abrieron a mi frente elegí el izquierdo. El instinto me hizo seguir uno de tierra, paralelo al rumor de un hilo de agua que a veces se convertía en una suave cascada. Aquel bosque encantado, lejos de producirme miedo, me parecía sacado de un cuento infantil. No me sorprendió lo más mínimo que Irving creyera ver duendes o moros fantasmagóricos caminando por aquellos lugares, puesto que cualquier persona con un mínimo de sensibilidad se habría dejado dominar por sus sentidos embargada por el prodigioso misterio de la Alhambra. Y cavilaba todo esto sin atisbarla de cerca, imagínense la impresión que me produjo una vez me hube encontrado tras sus muros..."
(Guardianes de la Alhambra, Carolina Molina)
 

Como anduviera aquel primer americano en su descubrimiento romántico llegamos turistas tras el contar de la memoria de lejanos días, familiares hablas, correrías y sabores. Será, porque como aquel extranjero la perdimos en el tiempo. Será, porque tras contemplarla brevemente marchamos llevando su anhelo grabado en la retina. Será porque bajo la lluvia nos dijimos de volver.


viernes, 14 de abril de 2017

CavilAndo


* CRÒNICA__

A veces parece que toda una vida puede ser resumida en una mañana. Digo parece, porque sin duda se trata de un ejercicio de simplificación, un ajuste parcial con el pasado. Sabemos de las ilusiones de la memoria, idealización e imaginación, potencia que alcanza a sostener una hiperreal peregrinación en el recuerdo. La nuestra fue campo a través entre cereales, una luminosa mañana de abril. Era Viernes Santo. Serpenteamos lentamente colina arriba, casi con los ojos cerrados, abriéndolos mucho en cada paso como si ya hubiéramos llegado, como si nunca hubiéramos marchado. El sol en lo alto dora el verdor del paraje, pero no deslumbra. Resuena dentro el sordo sonido del monte. Peñasco, adobe y teja en la abandonada aldea.  A lo lejos mi madre me señala donde su padre lidiaba con las colmenas. La higuera sigue asalvajada entre el muro y el roquedal, rondado nuevamente por los niñeríos. Más alla, en la pequeña plaza el piso y el cocedero se han vencido al campo. Está todo muy claro. No queda más que sentarse ante la puerta de la casa ahora abierta al azul del cielo. Observar y respirar la ausencia frente a los restos de la lumbre de la abuela, sentado cerca del hogar. Tras la larga voluntad del regreso, un breve estar. Tras la subida, reposamos. Por un fugaz momento permanecimos juntos en Las Cábilas.





Las Cábilas (El Peralejo de Arriba, Chillón, Comarca de Almadén, Provincia de Ciudad Real). Empezado el siglo XX una docena de familias jóvenes con sus hijos muchachos abandonan su natal Peñalsordo. Dejan atrás la Baja Extremadura, marchan de los Montes, de la Siberia pacense al corazón de la antigua Beturia de los Túrdulos, que fuera Soliense Bética y luego Balutia musulmana. Allí se detienen en un enclave de frontera, una esquinita interprovincial a vistas del camino de Córdoba, en las primeras estribaciones de la Sierra Morena manchega que incursiona yerma hacia la minera Almadén. Roturan (descuajan dicen ellos) y sólo la trágica Guerra Civil les impedirá hacer valer sus derechos de compra. Avanzada la dura posguerra, parte de aquellos primeros arrendatarios ya mayores y algunos de sus hijos acabarán el año '47 adquiriendo la propiedad al precio de 133.550 pesetas, que podrán pagar duramente gracias al carbón vegetal y al picón que en recias mulas mueven hasta el ferrocarril del cercano Chillón, y de ahí a calentar las capitales. Uno de aquellos jóvenes, luego hombre y padre de familia, labriego rudo y analfabeto, fue Ignacio Zarcero Pedrajas, mi bisabuelo materno, y una de aquellas singulares mujeres fue María Mora Mayoral, su esposa y mi bisabuela. La mariposa, según su apodo familiar, tuvo tres hijos: Andrés, Daniel y mi abuelo José, que pudieron cultivar sus correspondientes lotes en función del singular reparto propio de las sociedades cooperativas peñasordeñas, es decir, por hojas primeras, segundas y terceras, siempre según su distintiva calidad. A esta segunda generación de cabileños siguió una tercera, y como parte de ella mi madre Casimira pasó allí mucho de su infancia, revoloteando junto a su hermana Pepi. Corría la década de los 50 y la pequeña comunidad campesina alcanzó en su esplendor las 22 familias. Tal vez un centenar de lugareños compartieron sus días y laboreos en aquellas modestas casuchas levantadas con sus propias manos, pese a carecer de electricidad, agua, escuela, comercio, iglesia, veterinario o servicio médico.

Los desarrollistas 60 dieron final al asentamiento campesino. El pueblo próximo de Guadalmez vio bajar de Las Cábilas, así las llamaban despectivamente los guadalmiseños, a muchos de sus paisanos.  Algunos más tarde andaron a la emigración, marchando a buscar futuro en las industriosas ciudades que proliferaban en el lejano norte. Nos lo cuenta mi primo y cronista Alejandro García Galán: a medida que aquellas personas se desplazaban hasta otros lugares más habitables, las casillas de Las Cábilas se fueron quedando vacías por dentro y entre los deficientes materiales de su construcción y la falta de habitabilidad, se fueron derrumbando una por una. Hoy parece un fantasma pero sin vida; es como un gigantesco esqueleto de piedra informe, adobes y tejas rotas, donde otras veces hubo vida y bullanga, hoy hay silencio
 

** MEMORIA___

A finales de la década de los 70, el poeta Andrés García Madrid cantaba así a Las Cábilas, rememorando sus días desde la lejana y urbana Getafe:
 

"El Peralejo es: 
como un reloj, grande y redondo;
como un jardín en flor de jaras.
Entre las nubes y las espumas,
en la atalaya última de los cerros,
casucas de piedra, 
peladas y picudas,
como nidos de águilas.
El Peralejo es: 
como un amanecer de lomas,
de cerros cereales.
El mismo sol, idénticas noches,
sin jueves ni semanas,
es sólo fiesta de estrellas,
día de "cábiros", de "cinco chinas",
sueño de baraja:
rey de lejos... caballo de perdigón...,
sota de leña..., trío de dedos...
En el fogón el amor del puchero canta.
El Peralejo es: 
como un grillo callado,
una mítica, silenciosa estampa,
un cortijo descortijado,
una comuna de labriegos,
montes, pájaros, almendras...
Dos mulos machos, guijarros como puños
y todavía con el arado romano al cuello.
El peralejo es...
¡Si yo soy el Peralejo!
 

Cambiando de registro, de la lírica a la historiografía, el pensador François Hartog ahonda en la importancia que tiene la memoria en el marco del régimen de historicidad de las sociedades humanas, ese artefacto cultural que nos permite traducir y ordenar nuestra experiencia del tiempo para darle un particular sentido vital, existencial si se prefiere. Antaño los nuestros, con modesto empeño luchaban duramente en un presente comúnmente inmisericorde, cuando no mísero, si bien atinaban a proyectar su preciado vivir en la retención de un pasado que les hacía más competentes para el porvenir. En su relación con la temporalidad, la recreación de su memoria era una competencia individual y social clave en el seno de las sociedades tradicionales. Aquí, en la Europa campesina fue así al menos hasta bien entrado el siglo XX.

Por contra, en esto sí que hemos cambiado de régimen, ahora la actual vorágine posmoderna y su rabioso presentismo fácilmente nos domina hasta la incompetencia más acomodada, incluso hay quien sostiene que más superficial. Nuestra relación con la temporalidad (pasado-presente-futuro) sigue siendo una construcción histórico-cultural, como todo lo demás. Y también como todo lo demás es susceptible de naturalización, de instrumentalización interesada a poco que nos descuidemos. En absoluto se trata de volver al magisterio vital de la historia, nada de pasadas ejemplaridades a estas alturas. Tampoco hemos de patrimonializarnos en meros restos, vestigios que  conserven nuestra identidad individual o colectiva. Acaso sea cuestión de reelaborar nuestra relación con el tiempo. Reaprender a ser y a vivir. Encontrar un tiempo y un lugar, por nuestra cuenta y riesgo. Como hicieron ellos, pero ahora a nuestra manera. Una vez más.


martes, 15 de noviembre de 2016

Krasni



Nos contaba en UNEDBarcelona @ramoncotarelo con mucha seriedad y gravedad en la mirada, que aún queda por explicar científicamente el colapso del mundo soviético, un fenómeno singular y espectacular dentro de la historia del XX. Al hilo de su reflexión acabé dando con Svetlana Aleksiévich, aunque sería más exacto decir que su literatura me halló a mi. Gracias a su cruda labor fui traspasado por las historias de muchos, lejanos, diferentes, vivos y muertos. "A veces pienso que el dolor es un puente que une a las personas, un lazo secreto, y otras veces, desesperada, pienso que el dolor es un abismo que las separa" nos confiesa la premio Nóbel y así lo he podido sentir gracias a su lectura.

Dejo aquí un leve rastro sobre el que espero volver nuevamente, con más calma y tiempo si cabe. Selecciono un débil eco de aquellas fuertes voces que me resonaron muy adentro, las más veces dolorosamente, otras con viva alegría o nostalgia, pero siempre con toda la dignidad de la memoria de las sencillas gentes, mujeres y hombres humildes.






Cuando me muera, no sé qué será de mi alma, pero mis manos seguro que descansarán



En el avión me toca sentarme al lado de un vehículo blindado que va atado con unas cadenas. Por suerte, el mayor que va en el asiento vecino está sobrio, los demás van borrachos. Cerca de mí alguien duerme abrazado a un busto de Marx (los retratos y los bustos de los caudillos socialistas se transportaban sin envoltorios); no solo transportaban el armamento, sino todo lo necesario para los soviéticos. Hay una pila de banderas rojas, rulos de cintas rojas…”


La gente dice que la guerra… La generación de la guerra… Y las comparan… ¿La generación de la guerra? ¡Pero si esa gente era feliz! Vivió la victoria. ¡Salieron vencedores! Esto les infundió una gran energía vital o, dicho en los términos de ahora, una poderosa carga de supervivencia. No tenían miedo de nada. Querían vivir, estudiar, traer hijos al mundo. En cambio, nosotros…  Nosotros tenemos miedo de todo. Tememos por nuestros hijos. Por los nietos que aún no han nacido. Aún no han nacido y ya tememos por ellos.”


"El comunismo es como la ley seca: una buena idea que no funciona. Eso dice mi marido… Ahora bien, los rojos eran unos santos…¡Fíjese en Nikolái Ostrovski, por ejemplo! ¡Un santo! Eso sí, ¡hicieron correr sangre! Rusia ya ha alcanzado el límite de sangre derramada, guerras libradas y revoluciones por hacer… Ya no quedan fuerzas para derramar más sangre, ni ánimos para más locuras. Aquí la gente ya ha sufrido de sobra. Ahora lo que todos quieren es ir de tiendas; elegir cortinas y tules, papel pintado y sartenes bien monas. Les gustan las cosas coloridas, bonitas. Porque antes todo era gris y feo. Compramos una lavadora con diecisiete programas de lavado y nos ponemos contentos como críos con un juguete nuevo. Mis padres ya murieron. Mamá nos dejó hace siete años; y papá, hace ocho. Pero en casa todavía uso las cerillas que mamá había ido almacenando durante años y comemos avena de la que dejó, sal. Mamá compraba (o “conseguía”, como decíamos entonces) cualquier cosa que aparecía en las tiendas y acumulaba una reserva para tiempos peores… Ahora visitamos mercados y tiendas, como si fuéramos a exposiciones. ¡Hay de todo! Queremos darnos el gusto, mimarnos. Es como una psicoterapia, porque estamos todos enfermos… (Piensa un rato). ¡Cuánto no habremos tenido que sufrir para que nos diera por almacenar cerillas! No se me ocurriría decir que ahora nos hemos aburguesado. O que somos víctimas del consumismo. Estamos en un proceso de curación, eso es todo…"

Ahora me llaman sovok, pero yo he marchado acompañando a los aprendices del alma rusa, he cantando sus canciones como uno más, me he hacinado en los vagones de los serpenteantes convoyes, mirando extasiado los inmensos bosques y la infinita taiga siberiana. Konsomoles, colonos en pos de un futuro luminoso, constructores de campos de trabajo a puño de hierro, nos sabemos agraciados por haber dejado atrás la gran hambruna y la gran muerte Golodomor, hemos sido elegidos, hemos sobrevivido a la gloriosa entrega de los héroes de la Guerra Patria. Cada anochecer, nos recogemos en el interior de las destartaladas isbas, apretujados nuestros cuerpos, adormilados por el frío y a la vez calados de vodka hasta las entrañas. 

**
Acabada la jornada nos congregamos al calor de las cocinas, y allí millones son los amigos campesinos refugiados, conocidos los vecinos delatores, huérfanos los soldados malheridos de terror, mutilados y exhaustos los últimos liquidadores irradiados. Unos y otros nos reconocemos en las charlas a media voz, y así juntos rememoramos nuestras vidas de esfuerzo y sufrimiento, muerte, sueños y pequeñas alegrías. Por momentos los relatos nos llevan, y volvemos uno a uno a nuestros lejanos paisanajes, a las aldeas ucranianas, a las planicies bielorrusas o bálticas, a los kishlaks de las montañas afganas o abjasias, a la aún bella Bakú de azeríes y armenios, a la tayika Dushambé, a las largas marchas blancas de osadnikis polacos e irredentos jägers fineses, más allá de las puertas de tartaria donde Kazán, incluso a las acomodadas stalinkas moscovitas…

** 

Lloré como madre viuda, esposa abandonada, como hijo perdido, como hermana soldado violada y torturada. Cuando el último mariscal se suicida, cuando los desempleados marchan junto a los manifestantes dejando atrás libros y poesías, lloré con todos ellos en su recuerdo y en su olvido. Lloré con ellas que no logran olvidar a sus mayores y pequeños, a sus primeros amores y a sus compañeros caídos y familiares amados. Gracias Svetlana.